Noche de ronda

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En otro tiempo hubieras empleado la noche en hablarle de libros y de viejas películas.
Pero ya eres mayor. Ahora sabes que a ellas les aburren los tipos llenos de nombres propios, que tu bachillerato les tiene sin cuidado.
De modo que le dejas tomar la iniciativa, desconectas y finges que escuchas sus historias, que invariablemente -recuerdas de otras veces- versan sobre el amor, los viajes, la dietética, su familia, el verano, la buena forma física, el más allá, las drogas y el arte postmodemo.
De cuando en cuando asientes, recorriendo sus ojos con los tuyos, rozando levemente sus muslos,
y elevas a los cielos una angustiosa súplica para que aquella farsa termine cuanto antes.
Pasarán, sin embargo, todavía unas horas hasta que, ebria y afónica, se abandone en tus brazos y obtengas la victoria pírrica de su cuerpo, que, pese a los asertos de tres o cuatro amigos,
será muy poca cosa.

Y, cuando esté dormida,
saldrás roto a la calle en busca de una taza de café gigantesca, maldiciendo las copas que arruinaron tu hígado en la estúpida noche y pensando que, al cabo, merece más la pena no comerse una rosca y hablarles de tus libros,
amargarles la vida con Shakespeare y con Griffith.
O buscarse una sorda para que nada falte.

Luis Alberto de Cuenca

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~ por Negro pensamiento en 27 mayo, 2009.

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