Texto por la unidad de España

Viva la unidad de España 2

Si España no es para los españoles una realidad  sobre la que resulte imposible abrir discusión, es que España no existe como una  Patria. No hay Patria si dentro de ella, dentro de sus contornos, aparecen  encajadas de un modo normal y público ideas y gentes contrarias a su existencia  misma. Pues estas últimas son por definición las características de lo que hay  fuera, de lo extranjero, de lo presunto enemigo.

La unidad de España es la más antigua unidad  nacional que se hizo en Europa. Gracias a esa delantera histórica en el proceso  de formación de las nacionalidades modernas, España fue durante el siglo XVI el  pueblo más culto, más fuerte y más rico del mundo. Cuando otros pueblos europeos  iban creando con dificultades su unidad, iban acumulando y descubriendo sus  ingredientes nacionales, España había superado ya esa inicial etapa e iba camino  de ser un Imperio potentísimo.

La unidad nacional española ha sido realmente la  que hizo posible nuestro mejor pasado. Pero su misión no es sólo la de explicar  y justificar la historia, sino la de existir precisamente hoy como pilar básico  de la España de nuestros días, como elemento primordial y fundamental de la  España entera.
Evidentemente, la afirmación de la unidad está a  la cabeza de las reivindicaciones revolucionarias de la juventud nacional.  Mientras  siga creyendo una gran porción de españoles que el proceso disgregador  de la periferia es una simple disputa por la forma que debe adoptar el estado,  la unidad nacional estará en permanente peligro de ser vencida. (Y estar en  peligro es ya en muchos aspectos no existir como tal.) Pues las erupciones  autonomistas de Cataluña y Vasconia se encuentran en la misma línea de  liquidación y descomposición de España que ha seguido el derrumbamiento del  Imperio, desde Rocroy a 1898. No es una casualidad que hayan surgido como  fenómenos inquietantes después de esta última fecha, es decir, una vez cerrada y  conclusa la disgregación ultramarina, como si el cáncer histórico se dispusiera  a hincar el diente en la unidad de los territorios peninsulares.
España tiene en regla todas las ejecutorias  históricas precisas para mantener su unidad. Esta fue hecha en el siglo XV por  los únicos poderes que entonces representaban la voluntad política de todos los  españoles, dando así satisfacción, no sólo a afanes de su propio tiempo, sino al  hermoso sueño de una unidad que tenían todos los hispanos desde la época  romana.
Ahora bien, lo que hoy interesa no son  precisamente las ejecutorias de orden histórico. La lucha actual por la unidad  no se libra entre dos grupos de historiadores ni de juristas. Y puesto que, por  las razones que sean, los núcleos afectos a la tesis disgregadora constituyen  fuerzas actuantes, mueven resortes políticos poderosos y han logrado un amplio y  peligrosísimo cortejo de moderados que transigen y hacen concesiones, el  problema está íntegro en manos de esa palanca voluntariosamente decisiva a que,  en último extremo, apelan los pueblos para justificar su existencia  histórica.
Pues todo indica que la lucha por la unidad tiene  el carácter de una lucha por la existencia de España. Estamos quizá ante la  necesidad de que España revalide sus títulos. Exactamente como en 1808, si bien  ahora quienes le plantean cuestión tan grave no son extranjeros, sino españoles  descarriados, estrechos de espíritu y de mentalidad, inferiores a la misión de  España y a la grandeza de su futuro.
El problema actual de la unidad requiere una  solución voluntariosa, es decir, de imposición de una voluntad firme, expresada  y cumplida por quienes conquisten el derecho a conseguir la permanencia  histórica de España. Por eso, y sólo por eso, es una consigna revolucionaria y  no una orden del día electoral. No creemos, naturalmente, como Renán, que las  naciones sean un continuo y permanente plebiscito, sino al contrario, que tienen  sus raíces más allá y más acá de los seres de cada día. Pero España, por causas  ajenas a nosotros, quiero decir a las generaciones recién llegadas, tiene  realmente en cuestión su unidad, su propia existencia para nosotros. Y  por tanto, se nos plantea el problema de resolverla y conquistarla.
Y he aquí cómo la misma agudización y agravación  de nuestro problema nacional, ese de estar y permanecer como marchitos y  ausentes desde hace más de doscientos años, va a proporcionarnos una coyuntura  segura de resurgimiento. Porque la trayectoria que siguen las fuerzas  disgregadoras es algo que no puede ser vencido ni detenido sino a través de una  guerra, es decir, a través de una revolución.
La unidad no puede consistir en una simple  destrucción de los afanes separatistas que hoy alientan en Cataluña y Vasconia,  aunque tenga que triunfar violentamente sobre ellos: pues España tiene que  representar y ser para todos los españoles una realidad viva, actuante y  presente. Tiene que ser una fuerza moral profunda, un poder histórico que  arrastre tras de sí el aliento optimista de la nación entera.
La unidad de España se nos presenta hoy como el  primer y más valioso objetivo de las juventudes. La unidad en peligro,  deficiente y a medias, no puede ser aceptada un solo minuto con resignación, no  puede ser conllevada. Sin la unidad, careceremos siempre los españoles  de un andamiaje seguro sobre el que podamos disponernos a edificar en serio  nada. Así, hasta que no se logre la unificación verdadera, hasta que no queden  desprovistas de raíces las fuerzas que hoy postulan el relajamiento de los  vínculos nacionales, seguirá viviendo el pueblo español su triste destino de  pueblo vencido, sin dignidad histórica ni libertad auténtica.
La defensa de una política de concesiones a los  núcleos regionales que piden y reclaman autonomías equivale a defender el  proceso histórico de la descomposición española. Equivale a mostrarse conformes  con lo peor de nuestro pasado, como deseosos de que sea permanente nuestra  derrota. Equivale a una actitud de rubor y de vergüenza por haber sido España  algún día un Imperio. Equivale de hecho a creer que España es una monstruosa  equivocación de la historia, siendo por tanto magnífico ir desmantelándola  piedra a piedra hasta su aniquilamiento absoluto.
La defensa de la unidad de España no puede  obedecer sólo —aunque en muchos casos sea suficiente este afán— al deseo de  impedir que un pueblo se fraccione y desaparezca, es decir, muera, lo que desde  luego es un espectáculo angustioso para cualquier patriota, sino que obedece a  una necesidad de los españoles que hoy vivimos, algo que si no tenemos y  poseemos nos reduce a una categoría humana despreciable, inferior y vergonzosa.  De ahí que la unidad no sea una consigna conservadora, a la defensiva, sino una  consigna revolucionaria, necesidad de hoy y de mañana.
Ramiro Ledesma Ramos

~ por Negro pensamiento en 12 febrero, 2013.

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